La expresidenta Michelle Bachelet ha reaparecido en la política nacional con un fuerte rol como articuladora de una oposición desorientada. Tal como una piedra rompe la tensión superficial de un agua sin movimiento, las ondas de su anuncio aparecieron rápidamente y no han hecho más que crecer. Pocas veces vemos en la política nacional una figura de este peso levantar reacciones tan vehementes de amigos y enemigos, pero vamos a centrarnos en los amigos.

Algunos sectores del oficialismo han recibido con alegría la disposición de la exmandataria de competir en una tercera aventura presidencial, otros no tanto al llamar a esperar que el tiempo pase para ir viendo qué sucede, y menos -o más calladas- son las voces que lo desaprueban a toda costa. Podemos encontrar estos tres arquetipos en prácticamente cada partido de oposición, desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana, el arco es amplio y también plural.

Una de las reservas más comunes respecto a la candidatura de la expresidenta Bachelet es el impacto que tendría en liderazgos de la oposición que están en construcción, ya sea desde el interior de los partidos políticos o desde los municipios. Esta preocupación resulta comprensible y atendible. Es comprensible porque figuras como los expresidentes, tanto Bachelet como Boric, tienen un peso sin comparación dentro y fuera del país, ambos siendo íconos de una izquierda democrática y progresista. Es atendible porque su presencia tenderá, inevitablemente, a limitar las posibilidades de que otros dirigentes alcancen una altura semejante.

Quiero dar a ambos reparos sus puntos respectivos, pero no resulta evidente por qué deberíamos interpretar esa circunstancia como un problema necesariamente, ni mucho menos uno que necesite resolverse cuanto antes. Por el contrario, la situación nos ofrece una oportunidad para preguntarnos por las prioridades de una izquierda que tiene todavía varios años para reconstruir su proyecto político y que, quizás demasiado acostumbrada a organizar sus debates alrededor de las próximas elecciones, corre el riesgo de perder de vista las tareas que deberían ocuparla durante ese tiempo.

Convendría desdramatizar la supuesta crisis de liderazgos que parece estar en la raíz de las preocupaciones que señalo. Las figuras capaces de representar a sectores amplios de la sociedad, trascender sus propias organizaciones y disputar con posibilidades reales la conducción del país son relativamente excepcionales, ahora y siempre. No surgen simplemente porque un partido decida promoverlas, ni pueden producirse a voluntad mediante una estrategia comunicacional. Su aparición está ligada, de una manera firme e imposible de desatar, a sus propias biografías individuales y circunstancias históricas anidadas a su vez en procesos sociales que no podemos reproducir como si pudiésemos controlar la realidad.

Me parece, en cambio, que plantear como debilidad la disponibilidad de dos expresidentes que conservan reconocimiento público y capacidad de convocatoria es como si viviésemos el mundo al revés, ya quisieran otros sectores políticos contar con referentes con esa experiencia y peso político. Por eso, me parece que debemos verlos como un patrimonio político considerable. Sería extraño exigirle a una fuerza política que produzca permanentemente figuras de semejante envergadura y, al mismo tiempo, interpretar como un obstáculo la permanencia de aquellas que ya ha conseguido construir, como si las figuras históricas estuvieran obligadas a tener un momento fugaz y luego ceder su lugar.

No quiero ser ingenuo, los grandes liderazgos tienen consecuencias sobre quienes aspiran a sucederlos. La atención pública, los votos que se pueden obtener y las oportunidades de proyección son recursos limitados. Es perfectamente posible que una eventual candidatura de la exmandataria Bachelet y el exmandatario Gabriel Boric restrinja las posibilidades de otras cartas con peso político como Claudio Orrego, Camila Vallejo, Tomás Vodanovic, Macarena Ripamonti o Álvaro Elizalde, solo por decir algunos nombres que figuran desde siempre en las encuestas de opinión.

Pero también es posible interpretar esta situación desde una perspectiva distinta. Los grandes liderazgos también pueden proporcionar estabilidad, experiencia, reconocimiento y protección política para que otros dirigentes construyan sus propias trayectorias. Son figuras paradójicas, limitan tanto como enseñan. Ocupan un espacio, pero ¿No sería acaso más fuerte la nueva generación de liderazgos que pueda surgir de ese diálogo mutuo? Hay aquí una cuestión de tiempo que me parece particularmente importante y profundizaré en ella.

Las elecciones no son el fin de la política, pero la política en democracia requiere ganar elecciones y, por eso, los liderazgos deben ser capaces de ganar elecciones. Dicho eso, las habilidades para formar líderes políticos requieren años de experiencia, aprendizaje, responsabilidades crecientes y espacios para construir una identidad política propia. Eso está en una fuerte tensión con la necesidad de llenar listas de candidatos o cargos burocráticos que cada ciclo electoral requiere (y por lo demás hemos vivido en ciclos electorales muy cortos los últimos años). Cuando hablamos de mandatarios presidenciales, eso también requiere aprender de otros mandatarios y exponerse a las esferas más altas del Estado sin llevar todo el peso del país en los hombros.

Si Bachelet o Boric continúan ocupando posiciones relevantes durante los próximos años, las nuevas generaciones podrían disponer de un tiempo valioso para desarrollarse bajo su alero. Pero para aprovechar esa oportunidad se necesita algo más que paciencia, necesitamos una política deliberada de formación, distribución de responsabilidades y desarrollo de capacidades. Esto es más fácil decirlo que hacerlo, porque los costos son altos y el nivel de exigencia a la militancia también lo es. Requiere, por lo demás, que los partidos dejen de mirar la política desde una lógica de competencia electoral que lleva, de manera inevitable, a privilegiar perfiles que calcen mejor con la acelerada lógica de difusión de las redes sociales, y sus mensajes rápidos y atractivos, pero sin contenido rico.

No todos los liderazgos conseguirán sostenerse durante ese proceso. Algunos perderán el momento favorable que hoy parecen tener, otros encontrarán nuevas oportunidades y probablemente habrá figuras que terminen desapareciendo de las proyecciones presidenciales. Eso también forma parte de la vida política. No todas las trayectorias pueden culminar en la presidencia, ni sería razonable organizar el desarrollo de una fuerza política alrededor de la necesidad de preservar indefinidamente las oportunidades individuales de los dirigentes que más suenan hoy.

Lo importante es que el tiempo efectivamente a la maduración del potencial que existe y no se convierta en una espera vacía. Tampoco deberíamos confundir la mera supervivencia política con el mérito porque permanecer en las arenas del poder no convierte automáticamente a alguien en un mejor dirigente. Pero si algo existe allí, en quienes logren sostenerse, es experiencia para enfrentar dificultades a lo largo de los años y eso puede resultar más valioso que la promoción apresurada de figuras cuya principal virtud es encontrarse circunstancialmente bien posicionadas.

Si existe una debilidad que debería preocuparnos en la izquierda chilena, no es la ausencia de nuevas figuras de la talla de Bachelet o Boric. Es, más bien, descansar sobre ellos de manera cómoda. Pero cuando digo esto, pienso que debemos bajar de la discusión presidencial y enfocarnos en dirigentes intermedios preparados, estructuras territoriales sólidas o equipos técnicos capaces de sostener su trabajo. En esa base de la pirámide se mide la fortaleza de un proyecto y, por esto, las prioridades de la izquierda chilena deberían ser bastante más amplias que la identificación anticipada de su próxima candidatura presidencial; sobre todo, cuando faltan tantos años para eso.

Quizás los próximos años no constituyan un ciclo de expansión política favorable para las izquierdas. Es una posibilidad que debería asumirse sin dramatismo y sin pesimismo o resignación. Los proyectos políticos que pretenden transformar la sociedad no pueden depender de que cada elección represente una nueva oportunidad de conquistar el gobierno. La izquierda en Chile ha soportado ciclos muy duros y ha logrado salir de ellos. Debemos, en los momentos que vienen, aprender, organizarnos y fortalecer las capacidades que permitirán actuar de mejor manera en el futuro.

Esa tarea debe realizarse en conjunto con las responsabilidades inmediatas de la oposición, que van desde fiscalizar al gobierno e intervenir en el debate público hasta elaborar alternativas para responder a los problemas concretos de la ciudadanía y establecer tipos de respuesta más allá de las instituciones formales para generar vínculos sociales duraderos. Hemos hecho, como izquierda, mucho más de lo primero que de lo segundo. Y, precisamente por ello, me parece poco razonable que la presidencialización del debate llegue tan temprano a nuestros mares, incluso en tiempos digitales dónde la velocidad es la norma.

Hay también un efecto perjudicial de presidencializar tan temprano la discusión en la organización misma de la oposición. Las relaciones entre el arco amplio de partidos progresistas están lejos de ser armónicas, podría decirse que, tras la experiencia gubernamental, recién estamos empezando a conocernos, y la distancia entre las élites partidarias es bastante menor que la que existe entre las bases. Con eso dicho, debemos evitar reducir el desarrollo político de las organizaciones a una competencia entre aspiraciones de las partes, cuando las tareas pendientes exigen un esfuerzo conjunto e integral.

Desde esa perspectiva, la eventual candidatura de Bachelet debería recibirse con una mirada menos ansiosa y más constructiva. No necesitamos resolver hoy si será ella, Boric o alguna figura emergente quien represente a la izquierda en una futura elección. Esa discusión tendrá su momento y estará condicionada por circunstancias que todavía no conocemos. Lo que sí podemos decidir desde ahora es cómo aprovechar los años que tenemos por delante y reconocer en estos dos liderazgos fuerzas ordenadoras capaces de orientar una discusión profunda que debe seguir dándose. Las nuevas generaciones tienen mucho más que ganar si encuentran organizaciones capaces de sostener su desarrollo que si dependen exclusivamente de una oportunidad electoral; por eso, debemos apostar todo a construir esa infraestructura futura.

No veo que el problema sea que los expresidentes continúen ocupando demasiado espacio, pero sí nos hemos acostumbrado a imaginar el futuro de la izquierda casi exclusivamente a través de las figuras que podrían ocuparlo; y hemos hecho de La Moneda un espejo del edén. Estamos lejos de ese edén ahora, lo estaremos posiblemente un tiempo más, pero volveremos. Cuando eso pase, tendremos que estar en condiciones de ofrecerle algo al país. Ahora mismo, esa oportunidad no llega, pero en el entretanto, podemos construir aquello que ofreceremos.