Una verdad con la que, tarde o temprano, nos solemos encontrar es que existen muy pocas cosas sencillas en el mundo. La realidad es compleja y, a diferencia de los múltiples hilos que conforman un tejido, cuando intentamos tomar distancia de las hebras para contemplarla como una totalidad, no solemos ver con claridad ninguno de los patrones que caracterizan los bellos trabajos de artesanía. Es natural, al fin y al cabo, no hay un diseño de los hechos sociales. Todo lo que es pudo no haber sido, por eso mismo, la realidad resulta tan fragmentaría; y esa falta de unidad es molesta para una mente que busca habitar el mundo como un hogar.
Si buscamos ese nivel de familiaridad, debemos convenir que no hay nada más lejano que encender la televisión o escuchar la radio una mañana cualquiera. Podemos ver un delito cometido a altas horas de la madrugada, el cierre de una pequeña empresa o miles de personas asistiendo a una feria laboral para encontrar una oportunidad de trabajo, noticias sobre inmigración irregular y zanjas en zonas fronterizas, protestas estudiantiles, debates sobre los llamados temas valóricos, encuestas o la reaparición de tal o cuál figura pública. Cada uno de estos fenómenos tiene causas, actores, historias y escalas muy distintas. ¿No podemos pensar en lo satisfactorio que sería encontrar aquella parte del rompecabezas que le dé sentido a todo el puzzle? ¿Hay todavía una mano que pueda guiarnos a un refugio en esta fría noche?
Si he comenzado así esta columna, es porque parte importante de lo que hace tan exitosas a las nuevas derechas es su capacidad de ordenar la complejidad social en un discurso que, ante la duda, busca contraponer certezas. Algunas veces de forma burda, a través de promesas de soluciones sencillas que sus líderes, en el fondo, tampoco creen. Otras de manera más sofisticada, como vemos en una constelación sólida de intelectuales y figuras de opinión pública que, siendo más o menos cercanas, abogan por la necesidad de avanzar con mano firme ante la duda y esperar lo mejor, sin paralizarse ante fenómenos que también reconocen como muy difíciles de solucionar. De allí que la intelectualidad de derecha siempre haya tenido una debilidad por los hombres de acción, aunque como demuestran también los hechos, tampoco poseen una bola de cristal, ni un acceso privilegiado a la verdad.
En el lenguaje de la derecha radical casi todo, o al menos, lo más atractivo, guarda mucho en común con ciertos cuentos infantiles o relatos míticos que, para explicar una parte de la realidad o dar una lección, dividían el mundo entre el bien y el mal, entre el héroe y el enemigo, la víctima o el culpable. Esta narrativa no es, por cierto, exclusiva de la derecha radical contemporánea. Es un viejo recurso político, aunque muy efectivo cuando se hace bien y, como suele suceder con las cosas bien hechas, hay más de una manera de hacerlas; y por eso, cuando vemos a la derecha radical de América Latina podemos darnos cuenta de que, pese a sus diferencias, logran una narrativa unificada donde la izquierda, funciona como un principio explicativo capaz de conectar experiencias que, sin ese relato, permanecerían dispersas.
Jair Bolsonaro, Javier Milei y José Antonio Kast no utilizan una receta idéntica, ni poseen electorados equivalentes, ni construyen exactamente el mismo enemigo. Bolsonaro privilegia una confrontación moral y civilizacional; Milei ofrece una teoría casi sistemática de la captura estatal y cultural; Kast suele operar mediante cadenas causales más sectoriales, asociadas a seguridad, mérito, migración, autoridad y crecimiento. Pero en los tres casos aparece una sintaxis reconocible: algo valioso se perdió, alguien produjo o permitió esa pérdida, instituciones que debían proteger al ciudadano terminaron protegiendo a otros, y la política debe restaurar un orden alterado.
La literatura reciente sobre derecha radical latinoamericana ayuda a entender por qué esa sintaxis es importante. A diferencia de varios casos europeos, donde el antagonismo puede organizarse principalmente alrededor del extranjero o la inmigración, en América Latina el adversario suele construirse como un enemigo político interno. Si en Brasil, el rechazo al PT de Lula movilizó a sectores diferentes del electorado en primera instancia, en Argentina lo hizo el anti-kirchnerismo y, en Chile, de manera más difusa, se denuncia la existencia de una izquierda radical articulando diferentes palabras y conceptos como comunismo, progresismo, wokismo, octubrismo, entre otros tantos. La movilización del electorado de la derecha radical potencia aquellos descontentos de diferente tipo en la sociedad y agrupa las distintas percepciones negativas sobre dimensiones económicas, culturales y morales en un relato que entrega un culpable claro. Una vez se señala al enemigo, puede reducirse el feminismo, el Estado, las universidades, la inmigración, los impuestos o la educación pública a cómplices o herramientas de dominación.
Esta estructura encuentra en el Bolsonarismo una versión particularmente moral, cargada de connotaciones religiosas que cada vez son más centrales de una forma mesiánica de hacer política. El Bolsonarismo se alimenta y crece identificando a la izquierda como una fuerza del mal que amenaza la familia, la religión, la propiedad, las Fuerzas Armadas, la autoridad y al llamado ‘ciudadano de bien’. En 2020, Jair Bolsonaro clasificó a la izquierda como un ‘enemigo interno’ al que no podía darse tregua. Esa formulación importa porque desplaza la discusión desde el terreno ordinario de las políticas públicas hacia una disputa sobre el tipo de sociedad que estaría en juego y quienes pueden formar parte de tal comunidad. En esa clase de discursos, el adversario representa todos los males. Corrupción, criminalidad, educación, género y pérdida de autoridad pueden ser leídos como manifestaciones distintas del mismo deterioro moral.
Milei ha crecido también gracias a este tipo de narrativas y podemos ver cómo, en su caso, hay una expansión del relato adversarial sobre el que se cimienta su liderazgo. Partió con la ‘casta’ para designar a la clase política, pero su discurso luego se extendió hacia empresarios dependientes del Estado, sindicatos, organizaciones sociales, medios, periodistas y burocracias. A esa estructura material añadió una estructura cultural. En Davos, por ejemplo, describió feminismo, diversidad, inclusión, inmigración, ecologismo, aborto e ideología de género como cabezas de una misma “criatura”, vinculándolas con la expansión estatal, los privilegios y la penalización del disenso. En otros discursos incorporó universidades, fundaciones y organismos supranacionales. La izquierda, bajo esta mirada, habría aprendido a reproducirse desde instituciones que no dependen del control directo del gobierno, ni están sometidas a las elecciones de la gente. Vuelve el relato del privilegio y la conspiración, donde los adversarios buscan explotar a un pueblo indefenso para sus conveniencias.
El caso de Chile es complejo porque Kast es algo diferente a Bolsonaro y Milei. En muchos sentidos, guarda más semejanzas con otros líderes de la derecha radical europea, sobre todo en España. Así, su campaña de 2025 mantuvo una cadena causal propia donde la principal amenaza era la criminalidad y enfocó su discurso en seguridad y medidas contra la inmigración. Esa es, no obstante, solo una parte de la historia, pues el relato requiere de un culpable y, articulando diferentes elementos del segundo gobierno de Bachelet, el estallido social, el primer proceso constituyente y el gobierno de Boric, sostuvo que gran parte de la crisis del país se debe a que “la izquierda relativizó el delito”, debilitó la autoridad y desprotegió a los “chilenos de bien”. En educación, acusó a reformas anteriores de destruir mérito, ahogar la libertad de enseñanza, burocratizar las aulas y desplazar a los padres. En trabajo, reformas para proteger los derechos de los trabajadores y proteger el tiempo libre aparecieron como obstáculos para quienes generan empleo y oportunidades. En migración, el relato se organizó alrededor de una pérdida de control de las fronteras y de la necesidad de restaurar reglas y soberanía.
No existe aquí exactamente la misma teoría de captura que en Milei, ni el mesianismo del Bolsonarismo, pero sí la misma gramática de pérdida, responsabilidad y restauración. En esta narrativa reside con fuerza y como factor común la configuración de una víctima legítima; se trata de una fuerte forma de política de la identidad que desborda las categorías de clase tradicionales. El “ciudadano de bien” puede ser un trabajador asalariado, una enfermera, un camionero, un comerciante, un productor agrícola, un profesional, un pequeño empresario o una familia de clase media. Lo que los reúne no es la posición que ocupan en la estructura económica, sino una cualidad moral autodeclarada. Se trata de una ciudadanía que no tiene privilegios, que viven el día a día gracias a su propio trabajo, producen, cumplen con las reglas de la sociedad, pagan sus deudas, crían a sus hijos y no sienten envidia por los éxitos de los otros porque han aprendido a construir su propio camino sin depender de nadie.
Esta construcción de un sujeto político puede describirse como una economía moral del mérito, donde el eje principal que articula el conflicto es ¿quién merece qué? ¿quién viene a recriminar o amenazar lo que uno merece? ¿qué podemos hacer para protegerlo? La frontera política no queda trazada entre ricos y pobres, ni siquiera de manera estricta entre capital y trabajo, sino entre quienes contribuyen y quienes extraen; quienes cumplen y quienes infringen; quienes se esfuerzan y quienes obtienen algo sin merecerlo. O, para aludir a un vocabulario común en los círculos de la derecha radical, entre la gente de bien y los parásitos sociales. Allí donde existan sujetos agraviados, el discurso de la ultraderecha puede presentarlos como víctimas de un sistema del que otros extraen ventajas.
Aquí aparece como una de las acusaciones más potentes contra la izquierda, mucho más allá de las críticas a sus administraciones y gestiones, la depravar el significado auténtico de la justicia. Pensemos en cómo funcionan estos relatos. Tenemos a un ciudadano que paga sus impuestos sin ver los frutos de esa contribución de un lado y, del otro, un Estado cada vez más complejo y amplio, con burocracias que se expanden a un ritmo casi indefinido, sostenidas con recursos públicos; o de manera similar, inmigrantes que llegan a ocupar puestos de trabajo y recursos sociales. Tenemos empresarios pequeños que se enfrentan a un entorno regulatorio complejo y que lucha día a día por salir adelante para abastecer a su familia, un personaje simpático con el que podemos empatizar, y que se contrapone a activistas, estudiantes, periodistas o académicos cuyo trabajo no es claro para muchos y que se ven como actores que legitiman el orden. Tenemos una familia unida donde los padres enseñan a los hijos frente a un mundo exterior donde las instituciones públicas imponen programas educativos que se escapan de su control o con movimientos feministas cuestionando la organización interna del núcleo familiar. Tenemos carabineros que arriesgan la vida y ciudadanos atemorizados de delincuentes que serían protegidos por un enfoque de justicia garantista que crea una puerta giratoria en un país de impunidad. La izquierda vendría a ser el punto que conecta todas esas capas diferentes.
Una vez instalada esa economía moral, la imputación causal puede expandirse. Un delito aislado no demuestra que una ideología haya causado la inseguridad. Pero si se ha establecido previamente que la izquierda debilitó la autoridad, cada delito puede leerse como una nueva evidencia. Una controversia universitaria no demuestra una hegemonía cultural, pero si la universidad ya fue incorporada al mapa de instituciones capturadas, el episodio funciona como confirmación. Una política migratoria específica deja de discutirse por sus resultados y pasa a ser prueba de una preferencia más profunda por el descontrol de fronteras. Una vez establecido el lenguaje, cada eslabón que se active refuerza a los otros.
Esa, me parece, es la clave para comprender la comunicación digital de la derecha radical. Las redes sociales son fragmentarias, es sumamente difícil construir un relato articulador desde ellas porque su narración es modular. Pero si el lenguaje moral de la derecha radical se ha articulado como un sentido común difuso, entonces las plataformas digitales y sus lógicas algorítmicas son un canal natural de difusión. Un video sobre un robo activa la red de inseguridad-permisividad-izquierda; uno sobre impuestos activa Estado-casta-contribuyente; uno sobre inmigración activa frontera-descontrol-soberanía; uno sobre una universidad activa progresismo-hegemonía-adoctrinamiento. Cada pieza puede circular por separado y seguir remitiendo a una historia que el receptor ya conoce y refuerza. Al premiar mensajes breves y activar sesgos cognitivos muy difíciles de eludir, las plataformas son un lugar ideal para escalar las narrativas, pero no las inventan ni las vuelven inteligibles, de allí la dificultad de construir contrahegemonía a través de ellas.
Todo relato requiere, para arraigar en lo más profundo de nuestros corazones, algo nuevo y algo que ya sabemos; algo de realidad y algo de ficción. Los marcos de culpabilización tienden a funcionar mejor cuando encuentran predisposiciones. Tampoco la derecha crea desde cero los problemas que utiliza. La inflación argentina fue real, la inseguridad chilena es un problema real y la corrupción brasileña tuvo consecuencias reales. Lo propiamente político de estos discursos, para articular las narrativas de enemigos internos de la derecha radical, es la conexión de esas experiencias, cuáles son sus causas y quién debe cargar con la responsabilidad.
En esa distinción entre experiencia y explicación se juega el relato. Una persona puede no llegar a fin de mes, sentir que su barrio es menos seguro, percibir que trabaja mucho y progresa poco o desconfiar de instituciones que no responden. Ninguna de esas experiencias contiene por sí misma una interpretación ideológica. El relato debe ofrecer una al decir que esto que te ocurre no está aislado de aquello otro que también te molesta; ambos fenómenos tienen causas relacionadas; existe un actor que los produce o protege. La derecha radical crece porque construye coaliciones. Así, personas movilizadas por religión, seguridad, impuestos, corrupción o rechazo al establishment no necesitan compartir una doctrina completa si pueden compartir una explicación del adversario. Ese es el caso del bolsonarismo, cuyos votantes tienen diferencias importantes sobre políticas sociales, economía, valores y creencias religiosas.
Pero el bolsonarismo logró ofrecer un punto de coordinación capaz de articular conservadurismo cultural, seguridad, liberalismo económico y rechazo al PT en una estructura de lealtades que va mucho más allá de Jair Bolsonaro, aunque está por verse si más allá de su familia. Algo semejante ocurre en la investigación sobre Milei pues entre sus primeros votantes puede haber desacuerdos importantes sobre su programa, pero se mantiene una disposición a leer problemas distintos a través de la oposición entre ‘casta’ y ciudadanía productiva.
Ante la potencia de una derecha radical que cosecha más de una década de experiencias y aprendizajes, cabe preguntarse qué se puede hacer. Sería insuficiente concluir que la izquierda debe aprender a hacer mejores videos y memes. Tampoco tendría sentido copiar la construcción de enemigos o producir una explicación totalizante. Pero podemos preguntarnos ¿Qué relato causal ofrece hoy la izquierda para experiencias que muchas personas viven separadamente? ¿Cómo conecta salarios, vivienda, deuda, jornada laboral, tiempo disponible, servicios públicos, inseguridad material y concentración económica? ¿Qué actores y relaciones permiten comprender por qué esos problemas aparecen juntos?
El lenguaje de clase históricamente propicio la gramática de estas cuestiones al convertir experiencias dispersas en expresiones de relaciones sociales comunes. Permitía que salario, vivienda, tiempo de trabajo, educación o poder económico no aparecieran como infortunios privados, sino como problemas vinculados. La derecha radical ha entendido con claridad la necesidad de esa operación de conexión, aunque la realice mediante otras categorías morales y políticas; debilitando, a su vez, el mismo espacio de acción y aparición del lenguaje de clase, que automáticamente levanta barreras tanto entre adversarios como en algunos aliados. La gramática moral de la derecha radical es totalizante y por ello resistente a críticas, cada una de ellas puede reinterpretarse como evidencia. Así, cuando un medio objeta el discurso, puede ser incorporado a la categoría de medios capturados; si una universidad cuestiona la tesis de adoctrinamiento, eso puede presentarse como una demostración de sesgo ideológico; si un tribunal limita una medida, el episodio puede alimentar la denuncia de instituciones alejadas del sentido común.
Las narrativas pueden contrarrestarse con otras narrativas, pero solo hasta cierto punto. Una refutación caso a caso es poco efectiva porque la disputa ocurre, ante todo, sobre quién posee autoridad para establecer qué parcela de realidad es legítima. Pero si las narrativas tienen peso, es porque se sedimentan sobre mundos de sentido como experiencias diarias, relaciones sociales, diálogos internos. Quizás, al mismo tiempo en que pensamos en estrategias digitales, análisis ideológicos o políticos, elaboración de teorías, programas de gobierno o evaluación de políticas públicas, debamos enfocarnos en la construcción de esos mundos de sentido a futuro. Teniendo en claro que es un proceso lento y también una apuesta que, a lo mucho, daría resultados en varios años más. Pero la tarea es ineludible y su medio, el principal si es que no el único, es la política territorial.